Busco y busco, me trepo y me destrepo... y nada. Así que hago señas a un señor con cara de bibliotecario, que ante mi llamado avanza solícito, lento, sí, pero solícito.
Con algo en la mano derecha que pienso que es una birome se acerca al estante correspondiente; busca y busca, se trepa y se destrepa... y nada. Sé que lo que busca en realidad es comprobar que yo soy tonta y no se buscar.
Pero no, es que el libro no está.
Lo miro con cara de pedante.
El, molesto -porque le gané?- insiste en su búsqueda.
Resopla, se arremanga, y listo para la batalla, qué hace?
Acomoda cuidadosamente entre los estantes de libros lo que hasta ahora seguía manteniendo en su